EL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL Y LA REFORMA UNIVERSITARIA. UNA MIRADA DESDE EL COMUNISMO ARGENTINO EN LOS AÑOS TREINTA

 

Gabriel Omar Piro Mittelman*


Instituto de Historia Argentina y Americana


“Dr. Emilio Ravignani” (UBA)

* [email protected]

https://orcid.org/0000-0003-2352-1194

Recibido: 29 de noviembre de 2024

Aceptado: 8 de febrero de 2025

DOI: 10.46553/colec.36.1.2025.p187-221


 

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Resumen: La Reforma Universitaria, y el movimiento reformista en general, se constituyeron desde sus orígenes en un ancla de referencia en la vida política, cultural e intelectual argentina, dando lugar a una nutrida elaboración historiográfica al respecto. Sin embargo, en el marco de aquella temática, fue menos abordada de forma específica la acción de los comunistas en aquella dinámica, pese haber obtenido cierta relevancia en aquel medio. Atendiendo a esta vacancia en este artículo se analizan las transformaciones en el discurso y en los repertorios de acción del Partido Comunista de Argentina (PC) en el movimiento estudiantil universitario en sus vínculos con la Reforma Universitaria y la tradición reformista durante la década de 1930. Se destaca cómo el PC, que desde fines de los años 20 había ensayado una fuerte crítica a aquella tradición, cambió su enfoque tras la implementación de la política de Frente Popular en 1935.

 

Palabras clave: Reforma Universitaria; Partido Comunista; Frente Popular; movimiento estudiantil.

 

 

THE STUDENT MOVEMENT AND THE UNIVERSITY REFORM. A VIEW FROM ARGENTINE COMMUNISM IN THE 1930’s

 

Abstract: The University Reform, and the reformist movement in general, became an anchor of reference in Argentine political, cultural and intellectual life from its origins, giving rise to a rich historiographical elaboration on the subject. However, in the context of that subject, the action of the communists in that dynamic was less specifically dealt with, despite having obtained a certain relevance in that milieu. In response to this gap, this article analyses the transformations in the discourse and repertoires of action of the Communist Party of Argentina (CP) in the university student movement in its links with the University Reform and the reformist tradition during the 1930s. It highlights how the CP, which since the late 1920s had been strongly critical of that tradition, changed its approach after the implementation of the Popular Front policy in 1935.

 

Keywords: University Reform; Communist Party; Popular Front; Student Movement.

 

 

 

 

I. Introducción

 

La Reforma Universitaria, y el movimiento reformista en general, se constituyeron desde sus orígenes en un ancla de referencia para organizar la vida política universitaria, en tanto el conjunto de los actores políticos intervinientes en las casas de estudio debían posicionarse sobre su significado, sus alcances y límites (Bustelo 2021; Buchbinder 2008; Califa 2014; Caldelari y Funes 1996; Graciarena 1971; Tcach 2012). Diversas corrientes políticas y de pensamiento, desde el socialismo hasta el radicalismo y el comunismo, nutrieron sus filas durante los años 20 y 30 con profesores, estudiantes e intelectuales vinculados a aquella experiencia. De ahí que los contactos entre la tradición reformista, el campo cultural e intelectual, y la vida política en la argentina de aquellos años, tuvieron en aquel entramado un punto de enlace, que lo transforman en un lente privilegiado para observar algunas dinámicas del periodo.

Bajo algunas premisas comunes vinculadas al americanismo, el antiimperialismo, el anticlericalismo, la pelea por una mayor democratización de los órganos de gobierno universitario y la crítica a la pedagogía decimonónica, los dirigentes reformistas bifurcaron sus caminos teóricos y políticos durante la década del 20. Incluso dentro del campo de la izquierda se observó una miríada de propuestas que suscribieron a la idea de “radicalizar la reforma” (Bustelo y Domínguez Rubio 2017) tras el impacto de la Revolución de Octubre, expresadas en una generación de jóvenes estudiantes vinculados a diferentes expresiones del anarquismo, del socialismo, al inicial comunismo, o a referentes intelectuales como José Ingenieros (Plotkin 2021).

Esta heterogeneidad del reformismo, explicada en parte por las diversas opiniones sobre su eficacia política dentro y fuera de los claustros universitarios tras las “contrarreformas” iniciadas en 1923, comenzó a transformarse en los primeros años de la década del 30 (Biagini 2001; Buchbinder 2012; Halperin Donghi 2017). El golpe de Estado encabezado por el general José Félix Uriburu tuvo entre sus blancos de ataque a la acción reformista en las universidades, encarcelando y pasando a retiro a estudiantes y docentes opositores al nuevo régimen, a la vez que habilitando el avance de las corrientes nacionalistas y conservadoras que acrecentaron su presencia durante todo el periodo siguiente (Sanguinetti 1970; Tcach y Iribarne 2019). Los estudios sobre esta etapa coinciden en señalar que estas circunstancias forzaron una “partidización” del movimiento reformista, que comenzó a vincularse directamente con las corrientes políticas opositoras y a identificarse con sus tácticas, llevando su acción fuera de los claustros universitarios.

En este artículo analizaremos este proceso deteniéndonos en las transformaciones discursivas y los repertorios de acción del Partido Comunista (PC) sobre el movimiento estudiantil universitario durante los años 30, focalizando particularmente en el giro que representó su política de Frente Popular a mediados de la década. La misma implicaba, según la formulación sostenida en el VII Congreso de la Internacional Comunista (IC), la búsqueda de formas de colaboración entre la clase obrera y sectores “progresistas” de la burguesía “democrática” en función de combatir al fascismo, atendiendo al cambio que significaba el arribo de los nazis al poder y la perspectiva de una nueva guerra que involucrase a la URSS. La relevancia de este enfoque recae en que la consideración de los comunistas sobre la Reforma y el movimiento reformista estuvo atravesada, como en otros casos, por estos vaivenes estratégicos. Los iniciales esfuerzos del Partido Socialista Internacional (PSI), precedente inmediato del PC, por organizar al movimiento obrero se habían expresado en la alianza obrero-estudiantil durante los hechos de 1918, colocando al partido en una relación estrecha con el movimiento reformista en su primera etapa (1918-1923). Posteriormente, su retroceso y los zigzagueos políticos del propio PC fueron ensanchando una distancia que se consolidó durante el periodo de Clase Contra Clase, también conocido como el “tercer período” (1928-1935), en el cual la Internacional Comunista prefiguró el inminente derrumbe del capitalismo, presentando un escenario dicotómico en el que se enfrentarían las fuerzas del fascismo y del comunismo y en el cual las clases medias (incluyendo al estudiantado) no tenían una gravitación propia más que ubicándose en alguno de aquellos polos (Camarero 2007).

Aun así, en esta etapa no hubo una indiferencia por parte del comunismo respecto del fenómeno reformista y los asuntos universitarios. Varios de los principales dirigentes e intelectuales del PC, como Paulino González Alberdi, Héctor Agosti, Aníbal Ponce, o Ernesto Giudici se asumieron, por diversas vías y como parte de distintas generaciones, miembros de la heterogénea tradición reformista (Buchbinder 2018). Sin embargo, estos lazos adoptarían una nueva dinámica en los años 30, cuando comenzó una transformación en la actividad política del movimiento estudiantil reformista que, impulsado por las circunstancias, se acercó a los planteos “antifascistas” y de “defensa de la democracia”, acelerados tras el ascenso de Adolf Hitler en Alemania. Estos planteos encontraron puntos de contacto con el giro que estaba efectuando la IC (y por ende el PC) en paralelo, vinculado a la política de Frente Popular (Piro Mittelman 2022; Mittelman 2020), que sostenía la necesidad de una alianza entre la clase obrera y sectores medios y “progresistas” de la burguesía en función de enfrentar al fascismo. Esto se tradujo en una reevaluación sobre el rol de los “sectores medios”, vinculados a la intelectualidad y al movimiento estudiantil, a los que se consideró relevantes para encarar aquella pelea. Además, se retrotrajo aquella definición que catalogaba a socialistas y radicales como “sociafascistas” para considerarlos como potenciales aliados en una acción antifascista conjunta.

Teniendo en cuenta estos vaivenes en la orientación comunista y el paralelo proceso de transformaciones y nuevas discursividades presentes en el universo reformista, ambos motivados, en parte, por el trasfondo internacional: ¿de qué modo se alteraron las definiciones del PC sobre el movimiento reformista y la Reforma Universitaria a raíz de estos vaivenes estratégicos? ¿Cómo variaron los vínculos entre comunismo y reformismo en aquellos años? Tales son algunos de los interrogantes que exploraremos en este artículo.

Vale señalar que las elaboraciones historiográficas sobre el movimiento estudiantil en este periodo se han centrado mayoritariamente en analizar el desempeño o bien del movimiento reformista en general, o bien de algunos de sus actores, particularmente los vinculados al Partido Socialista (PS) y la Unión Cívica Radical (UCR) (Bergel 2012; Bermann 1946; Biagini 2001; Del Mazo 1941a; 1941b; Dujovne 2004; Giménez 2013; Partido Socialista 1945; Ratto 2019), existiendo una relativa vacancia de trabajos referidos al PC, pese a la relevancia de aquella organización en estos años (Caruso 1999; Gilbert 2011; Pérez Branda 2007). Aquí, atendiendo a aquel vacío historiográfico, propondremos una mirada que integra al comunismo en aquel proceso de “partidización” de una parte del movimiento estudiantil iniciado en la década del 30. Una vez incorporado en ese proceso, y tras su giro frentista, el PC efectuó una relectura positiva del legado de la Reforma Universitaria, vehiculizando aquel viraje a partir de su reinscripción en el movimiento reformista. Esto, a su vez, trajo aparejado un intento de acercamiento político a las juventudes de la UCR y el PS. Dicha perspectiva, que contó con sinuosidades y variaciones durante la etapa, apuntaló la convicción en el PC de que el movimiento estudiantil podía resultar un actor significativo en la pretendida alianza del Frente Popular.

Para desarrollar nuestro planteo, comenzaremos señalando las confluencias y divergencias entre el PC y el movimiento reformista en la etapa previa a 1935. Luego, nos acercaremos a sus cambios de concepción y de práctica política tras el viraje frentista, para finalmente concluir con algunas reflexiones generales sobre la etapa.

 

 

II. El PC y el movimiento estudiantil ante el golpe del 30 y el resurgir del reformismo

 

El gobierno dictatorial de José Félix Uriburu consideró que entre sus objetivos estaba el de disipar cualquier atisbo de apoyo al yrigoyenismo dentro de las universidades, en tanto argüía que estas resultaban un terreno fértil para el resurgir del régimen depuesto, pese al hecho de que parte del estudiantado había fomentado su caída (Halperin Donghi 2017). En el transcurso de pocos meses se intervino la Universidad de Buenos Aires, se dictaron nuevos estatutos, contrarios a los principios reformistas, se excluyó a profesores opositores y se encarceló a dirigentes estudiantiles, entre ellos, el joven líder comunista Héctor Agosti. Junto a estas medidas, el avance de grupos integristas católicos en las cátedras universitarias proyectaba un panorama que fue interpretado por los defensores de la reforma como un retorno a las condiciones que le habían dado origen (Bermann 1946).

Respecto a este escenario, Alberto Ciria y Horacio Sanguinetti sostuvieron que el golpe de Estado de septiembre de 1930 significó un “examen de conciencia” para el movimiento reformista y, agregamos, en particular para algunos de sus miembros que habían sido férreos opositores al último gobierno radical (Ciria y Sanguinetti 1968).[1] Si durante la década del 20 aquel había replegado su actividad política al ámbito académico y universitario, las nuevas circunstancias lo obligaron a una relectura del “problema social”, traducido en una partidización de algunos de sus principales referentes devenidos intelectuales partidarios.

Así, hacia mediados de la década del 30, Gabriel Del Mazo, dirigente reformista y expresidente de la FUA, fundaba la agrupación FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina); José Peco y Ricardo Rojas se sumaban al radicalismo; y Deodoro Roca, autor del Manifiesto Liminar, junto a reconocidos profesores reformistas como Alejandro Korn, Carlos Sánchez Viamonte, Arnaldo Orfila Reynal, Alfredo Palacios y Julio V. González, se afiliaron orgánicamente al PS. Por su parte, algunos miembros de la Federación Juvenil Comunista (FJC) impulsaron la creación de Insurrexit, una agrupación estudiantil cuyo nombre remitía al mítico grupo reformista de inicios de 1920 que, inspirado en la Revolución rusa y en ciertas ideas del anarquismo, cedió paso a una generación de militantes entre los que se destacaron Mika Feldman e Hipólito Etchebéhère (Tarcus 1997). Sin embargo, este segundo Insurrexit (Pérez Branda 2007), que contó entre sus miembros con Héctor Agosti, Ernesto Sábato, Rogelio Frigerio, Carlos Moglia y Alcira de la Peña, tuvo un carácter fuertemente crítico de la Reforma Universitaria, influido por las lecturas del PC bajo su mencionada política de Clase Contra Clase.

Esta partidización del movimiento reformista, más que un producto de la evolución teórica o política gestada durante la década anterior, era una respuesta práctica a la separación forzada del activismo universitario de las casas de estudio. La reconsideración sobre la relevancia de la “cuestión social” surgió como reacción ante las detenciones de varios de sus dirigentes y a la desarticulación de la Universidad como espacio de politización.[2] En este sentido, Héctor Agosti, desde la cárcel, interpretaba que el golpe de Estado había impulsado a la izquierda universitaria a comprender que sus objetivos estaban soldados con los de la izquierda fuera de las universidades, en tanto la lucha política y social obligaba al movimiento a “volver a las calles”, para “tornar de ella a ventilar el ambiente podrido de la Universidad”.[3]

Pero ¿en qué consistía ese “retorno a las calles” y esa politización? Las respuestas se bifurcaban en función de la política de cada organización. Gregorio Bermann y Deodoro Roca, que habían virado a la militancia partidaria en el PS, consideraron que la resistencia al golpe debía constituirse en el plano electoral, formando parte de las candidaturas de la Alianza Socialista-Demócrata Progresista en las elecciones de 1932 bajo el precepto de que era el “deber” de aquella generación ante “los enemigos coaligados de la libertad, la democracia y la justicia”.[4] Esta premisa se anclaba en la idea dicotómica de que aquellos sectores que en la reforma del 18 estaban identificados con el clericalismo, en la década del 30 lo estaban con el fascismo[5] y que, en oposición, quienes eran reformistas, estaban con “la democracia”. Por su parte, desde el radicalismo, que en aquel momento había optado por la abstención electoral, se bregaba por la normalización de las universidades y el reclamo por un retorno a la democracia, aunque en su propio seno surgieron diversas vertientes juveniles, algunas críticas de la conducción alvearista, como fue el caso de la mencionada FORJA. En términos generales, en lo que respecta al radicalismo y al socialismo, se puede señalar que este “retorno a la calle” no estuvo vinculado a una radicalización en la acción (aunque sectores del movimiento estudiantil participaron en huelgas obreras o alentaron los alzamientos militares vinculados al radicalismo) ni en una apuesta por la alianza obrero estudiantil que se había proyectado en 1918 (Carrera 2016). Más bien se trataba de una posición defensiva que apostaba, en principio, a evitar su desplazamiento del escenario político y de las universidades.

Por su parte, para los universitarios comunistas la resistencia estudiantil al golpe no estaba ligada a un retorno de la experiencia reformista, sino a su negación. En 1931, cuando se fundó el segundo Insurrexit, agrupando a jóvenes universitarios y secundarios centralmente de Buenos Aires, La Plata, Córdoba, Rosario y Santa Fe (Gilbert 2011), el PC atravesaba por el periodo ultraizquierdista de Clase Contra Clase, con lo cual la perspectiva de reivindicar a un movimiento al cual consideraba esencialmente pequeño burgués, idealista y corporativo estaba descartada. Además, como se evidenció en su política sindical durante estos años, los comunistas fueron marcadamente reactivos a los vínculos con otras tradiciones y corrientes políticas (Camarero 2007). En su discurso, el movimiento reformista no podía aspirar a trazar objetivos propios que fuesen progresivos en sí mismos dentro de las fronteras universitarias, en tanto las transformaciones sociales solo podían provenir del triunfo del proletariado encabezado por el PC. La acción del movimiento estudiantil, incluida la del reformismo, solo tendría algún valor si unía su lucha a la del movimiento obrero (asociado a su “vanguardia comunista”) y se subordinaba férreamente a él.

Si bien anteriormente figuras como Carlos Mariátegui, Deodoro Roca o Aníbal Ponce[6] habían teorizado, desde distintos puntos de vista, sobre los límites de una Reforma Universitaria “sin reforma social”, la postura del PC iba más allá: las demandas estudiantiles, incluso las más mínimas, eran calificadas de irrealizables sin la dirección del proletariado y la expulsión del imperialismo del país. En sintonía con los postulados del Secretariado Sudamericano de la Internacional Juvenil Comunista, la FJC alentaba a sus militantes a encabezar un proceso de proletarización en sus filas que, sin descartar la actividad entre las masas estudiantiles, priorizaba el vuelco a la formación de células obreras en sindicatos y fábricas.[7] Ya en 1928, Paulino González Alberdi sostenía que el movimiento reformista era “una ideología vaga y jacobinista en su esencia”. Y agregaba que:

 

Es la ideología que corresponde a un movimiento pequeñoburgués del siglo XX, que pretende ser algo más que una movilización en favor de uno de los dos grandes ejércitos en lucha: el proletariado o el capitalismo nacional y extranjero; grandes ejércitos que son los únicos hoy para los que hay lugar en el campo de la gran batalla social.[8]

 

En el mismo sentido, Orestes Ghioldi, en 1929, calificaba al movimiento de reforma como “movimiento enemigo”, propio de la “juventud pequeño burguesa e intelectual” (Secretariado Sudamericano de la Internacional Comunista 1929). De ahí que el grupo Insurrexit se declarase a sí mismo como “sepulturero de la reforma” (Giudici 1971, 34-36).[9] Esta concepción le valió al PC un relativo aislamiento respecto del espectro político reformista en las universidades. Así lo resaltó posteriormente Tomás Bordones, líder estudiantil cordobés, dimensionando la incidencia de Insurrexit en aquella provincia en el marco de las huelgas estudiantiles de 1932:

 

Vale decir que la gran mayoría del estudiantado era esencialmente democrática con la salvedad de un grupo muy reducido- a lo sumo un 5%- de definida ubicación Comunista, constituyendo el ya mencionado grupo “insurrexit”, que atacaba violentamente a la FUC [Federación Universitaria de Córdoba] pero sin lograr aumentar sus adeptos. (Bordones 1999)

 

Es decir, los preceptos de la etapa de Clase Contra Clase significaron para el PC un radical rechazo a todas aquellas tendencias y corrientes del movimiento estudiantil no identificadas con la perspectiva trazada desde la IC. Sin embargo, debe ser matizada la idea de un aislamiento total o una “marginalidad” de sus planteos. Así como este sectarismo no impidió en el movimiento sindical la formación de células fabriles y la conquista de influencia entre el proletariado industrial, tampoco tabicó que existiesen avances en su presencia dentro del ámbito universitario. Durante los años que van desde la refundación de Insurrexit hasta mediados de la década del 30 se evidencia la consolidación de algunos de sus referentes como dirigentes estudiantiles y la presencia de sus posiciones políticas en los organismos que reunían al movimiento estudiantil, principalmente la Federación Universitaria Argentina (FUA).

Esta había sido creada en 1918 al calor de la Reforma Universitaria, reuniendo en sus inicios a cinco universidades nacionales (Tucumán, Santa Fe, Córdoba, La Plata y Buenos Aires), concentrando a la casi totalidad de los aproximadamente ocho mil estudiantes universitarios del país, que hacia 1945 habían crecido exponencialmente hasta llegar a los 47.400.[10] Pero su desarrollo no fue evolutivo y lineal, particularmente tras las políticas contrarreformistas del gobierno de Alvear. En los inicios de la década del 30, diezmada tras el golpe de Estado, la FUA solo representaba a algunos centros de estudiantes y federaciones locales, con lo cual la presencia comunista allí debe ser ponderada en función de esta situación. El desarrollo del PC dentro de la FUA resultó contradictorio, en tanto su influencia creció, pero sobre una organización cuyo alcance se había visto sumamente disminuido. Años más tarde, un artículo de la revista Claridad, señalaba este movimiento superpuesto:

 

Alrededor de 1934 maduró el 2do. Insurrexit, que, a pesar de la línea desastrosa que le imponía el partido staliniano, alcanzó considerable desarrollo, y fue una exteriorización tardía, por desgracia, de las fuerzas internas que existen en el seno de la reforma. Los stalinistas, enceguecidos por el “tercer período”, confundieron la ruina regresiva de la F. U. A. con su superación revolucionaria (…).[11]

 

¿En qué consistió la confluencia entre Insurrexit y la actividad de la FUA en aquella etapa? Algunos indicios están presentes en el Segundo Congreso Nacional de Estudiantes[12], reunido en Buenos Aires entre los días 13 y 18 de agosto de 1932. En aquella reunión, considerada como un “hito” en la resistencia a los ataques a la universidad durante la etapa, Alberto May Zubiría, miembro del FJC, fue designado en la presidencia rotativa, mientras que entre los delegados de las federaciones y facultades locales se destacaron Ernesto Giudici (quien pronto ingresaría a Insurrexit), Juan Zanetti por la Universidad del Litoral, y Carlos Moglia por la Facultad de Medicina de la UBA, ambos miembros de la FJC.[13]

Respecto al contenido que se expresó en el documento de aquella reunión se identifican algunas de las nociones de Insurrexit sobre el rol de la universidad en aquel momento político, compartida también por algunos grupos anarquistas. Cuando se mencionaba la “defensa de la democracia” contra los avances autoritarios del gobierno de facto, se aclaraba que se “entiende la democracia en su aspecto cabal y no como disfraz de la opresión capitalista”, una formulación compatible con la del periodo de Clase Contra Clase. Del mismo modo, las resoluciones del Congreso expresaron una visión que establecía los límites de una acción reformista en los marcos existentes:

 

El Segundo Congreso mantiene la afirmación de que la Reforma Universitaria es parte indivisible de la Reforma Social. Y que los estudiantes universitarios deben adoptar una posición definida en la lucha por construir la sociedad sobre nuevas bases, convencidos de que la universidad que ellos postulan solo será realizada íntegramente en una sociedad que obedezca a una estructura económica, jurídica y cultural, totalmente nueva.[14]

 

Además, se destaca el hecho de que, en el marco de las huelgas llevadas adelante por los trabajadores de la carne en la zona sur de la provincia de Buenos Aires, con el apoyo de los pobladores desocupados del Dock Sud y fuertemente influidos por el PC, los documentos preparatorios del Congreso hacían mención a la necesidad de destinar los fondos de gastos militares y de deuda pública a crear servicios de asistencia social para los desocupados y a aumentar el presupuesto educativo.

Liborio Justo, años más tarde, describiría este Congreso señalando que expresó un momento de politización, obligado por el golpe de Estado, en el cual, si bien algunos estudiantes se unieron al fascismo, la mayoría se inclinó hacia un izquierdismo circunscripto al “socialismo reformista” o “al estalinismo”. Sobre sus resoluciones, indicaba que habían establecido una ruptura con el periodo anterior, mimetizando sus objetivos con los de las corrientes políticas que lo integraban: “la Reforma sólo sería posible en una nueva sociedad socialista y, por lo tanto, nuestra acción actual debía identificarse con el movimiento revolucionario del proletariado, y nosotros integrar sus filas”.[15] Es decir, existían varios indicios de que la amalgama entre la crisis organizativa de la FUA y el avance del PC se había traducido en una mayor identificación entre los postulados de la federación estudiantil y los de Insurrexit. Aunque con un efecto difícil de medir sobre las bases estudiantiles, lo cierto es que estos elementos matizan aquella visión de un “aislamiento” o marginalidad total producto del sectarismo del PC en este medio.

Esta influencia también fue señalada, desde el extremo opuesto del campo político, por el senador Sánchez Sorondo, en su reconstrucción de la supuesta infiltración del PC en las organizaciones juveniles. Este apuntaba que hacia inicios de la década del 30 “se destacaron elementos laboriosos y tesoneros que, templados en el sectarismo partidario, fueron poco a poco acercándose a la mesa directriz de la Federación Universitaria Argentina” y que, a su vez, este avance paulatino quedaba expresado centralmente “en la orientación de la misma” (Sánchez Sorondo 1936), en tanto la FUA comenzó a participar de actos, mítines y a adoptar consignas propias del PC. En el mismo sentido, el fundador de la Comisión Popular Argentina contra el Comunismo, Carlos Silveyra, expresaba que en aquellos años Insurrexit fue organizando paulatinamente sus grupos y células en los colegios y en las facultades de tal modo que “en las primeras elecciones se apoderaron de la Federación Universitaria Argentina” (Silveyra 1937, 398).

Estas afirmaciones, no obstante, deben ser relativizadas, pues estos autores publicitaban la idea, extendida entre sectores conservadores y periódicos nacionalistas, sobre una supuesta “infiltración” comunista bajo distintas fachadas en todo el sistema educativo, cuestión que reprodujo, entre otros, el propio gobernador Manuel Fresco, refiriéndose a la universidad de La Plata como “foco subversivo” y “comunizante”, sin distinguir entre estudiantes comunistas, socialistas o apristas.[16] La exageración sobre la influencia comunista en estos ámbitos se tornó un ejercicio retórico común, llegando a atravesar debates en el Congreso Nacional, que implicaron permanentes desmentidas por parte de la FUA y la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA) sobre la pertenencia política de sus dirigentes.[17] Esta “paranoia” sirvió al propio PC para ubicarse como interlocutor directo de los ataques de los sectores conservadores, reproduciendo discursivamente la lógica de un enfrentamiento entre comunismo y fascismo (Federación Juvenil Comunista 1935b). Las persecuciones políticas e ideológicas a los docentes opositores al régimen, el encarcelamiento de Héctor Agosti, cuya libertad se transformó en una causa sentida por parte de varios dirigentes reformistas como Roca o Bermann, y la fuerte impronta anticomunista de los grupos nacionalistas que avanzaban en la universidad, fueron delineando un terreno fértil para la injerencia de algunos cuadros y dirigentes universitarios del PC.

Fue en esos años en los que Insurrexit alcanzó la conducción de la FUA: en 1934, Carlos Moglia fue elegido presidente de esta organización y en 1935 lo fue Baltazar Vicente Jaramillo. Estas posiciones habilitaron un mayor acercamiento entre el PC y sectores del radicalismo y el socialismo alrededor de cuestiones como la Guerra del Chaco o el reclamo por las libertades democráticas en la universidad. Vale destacar que estos lazos ya habían tenido un precedente en 1933 cuando se puso en pie la “Comisión de defensa de las libertades democráticas” con participación de la juventud radical, de la socialista y el PC bajo un programa centrado en el levantamiento del Estado de Sitio, el imperio de la Ley Sáenz Peña, la disolución de la Sección Especial y el proceso de sus torturadores. Esta confluencia también se pudo observar en los actos comunes realizados por estas fuerzas ante el ascenso de Hitler en Alemania, cuya relevancia se evidencia en que el artículo de May Zubiría relatando esta unidad conquistó la portada del diario Crítica.[18]

Este tipo de acciones podrían abonar la hipótesis respecto a que el cambio de línea hacia una acción frentista por parte del PC se “adelantó” en el movimiento estudiantil (Caruso 1999). Sin embargo, existen elementos que matizan esta lectura. En primer lugar, lo ya señalado por Portantiero, respecto a que el PC hasta 1935 no modificó su crítica integral a la Reforma, no solo desde el punto de vista de las tesis generacionales y sus afirmaciones vanguardistas (cuestión que seguirá presente), sino también en lo referido a su carácter “pequeño burgués”, que continuó significando una condena a todo posible progresismo en su acción. El segundo elemento que permite relativizar aquella hipótesis es el hecho de que el propio movimiento reformista, ya desde sus orígenes, conformó un movimiento social sumamente heterogéneo, habilitando la convivencia, a decir de Cesar Tcach, entre “La Marsellesa y La Internacional” (Tcach 2012), con lo cual estos vínculos esporádicos no representaron una novedad. Finalmente, vale recordar que la idea de “lucha antifascista” en el PC estuvo presente desde mucho antes que se efectuase el giro frentista, adoptando otros significados. Por lo tanto, consideramos que aquellos acercamientos pueden leerse con mayor claridad si se enfoca el problema no desde la óptica del PC, sino desde la forzada reacción de sectores del radicalismo, del socialismo y del reformismo, hacia una acción opositora ante los gobiernos de Uriburu y Justo.

Sin embargo, esto no quita que los acercamientos entre estas fuerzas efectivamente hayan sido más tempranos en el movimiento estudiantil, aún contra las propias indicaciones de la conducción partidaria. Por ejemplo, un Boletín Interno de organización del PC, de julio de 1934, señalaba la crítica (ya presente desde 1932[19]) hacia las “concesiones” de la FJC a los “enemigos de clase” (refiriéndose a radicales y socialistas) y a los “errores de derecha muy serios en la aplicación del Frente Único”, indicando que los jóvenes habían confundido, de forma oportunista, la confluencia en la acción con un acercamiento político en todos los terrenos (Gilbert 2011, 135). Resulta significativo que el motivo de estos “errores” fuese atribuido a “la gran presión ideológica de nuestros enemigos en nuestras filas propias”. Es decir, la presencia de radicales y socialistas en el movimiento estudiantil, y su extensión dentro del movimiento reformista, fueron leídos como una presión para un grupo que, siendo minoritario, se había alzado en posiciones de representación dentro de la FUA.[20]

En síntesis, entre el golpe de Estado de 1930 y el promediar de aquella década, comenzaron a delinearse nuevos contornos dentro del movimiento estudiantil y del movimiento reformista. La ubicación opositora al golpe de sectores docentes y estudiantiles se complementó con la visión compartida entre el espectro reformista respecto a que se estaban recreando algunas de las condiciones que les habían dado origen a las protestas de 1918, esta vez en forma esencialmente defensiva. El PC, a través de Insurrexit, pese a su orientación sectaria y su rechazo del legado reformista, logró hacerse un lugar en este proceso, aunque en el marco de una declinación organizativa del movimiento universitario que recién comenzaría a revertirse hacia mediados de la década del 30.

Ahora bien, ¿de qué modo entró en juego esa influencia conquistada por el PC una vez efectuado el giro frentista? ¿Cómo logró articular aquellas posiciones conquistadas con el cambio abrupto en sus concepciones sobre los sectores medios y el movimiento estudiantil? Abordaremos estos interrogantes en el siguiente apartado.

 

 

III. La Reforma Universitaria y el Frente Popular

 

Como sostuvo Juan Carlos Portantiero (Portantiero 1978, 111-12), la hostilidad del PC frente a la Reforma no decreció hasta 1935, cuando este concibió que la unidad con los sectores liberales de clase media resultaba una de las claves para la formación de los Frentes Populares. Así, en pocos meses, el PC pasó de declararse a través de Insurrexit como “sepulturero de la reforma” a disolver aquella agrupación en función de la “unidad antifascista” del movimiento estudiantil a través de la intervención de sus militantes en la FUA. Las concepciones del “tercer período” se modificaron velozmente ante las nuevas directivas anunciadas por Gueorgi Dimitrov, según las cuales en los países coloniales y semicoloniales se podían detectar tendencias revolucionarias entre los estudiantes y, por ende, los militantes comunistas debían colaborar con su desarrollo (Dimitrov 1954). En función de ese fin, debían ser alentadas las corrientes “progresistas” y “democráticas” en las universidades, que el PC detectó en el movimiento reformista. Esto implicaba, en primer lugar, desandar el camino de impugnaciones trazado en la etapa previa:

 

Desde 1918 está inscripto en la orden del día del movimiento estudiantil, el problema de la Reforma Universitaria. La influencia de este movimiento vasto y profundo en todos los aspectos de la vida nacional fue y es, como se sabe, muy grande. A partir de 1930 hemos tenido una defensa reaccionaria contra el movimiento estudiantil reformista y contra la Reforma Universitaria. Durante algún tiempo no supimos valorar la importancia de estos acontecimientos y no supimos ubicar la reforma como un gran movimiento progresista de todo el pueblo argentino. (Ghioldi 1938, 24)

 

Ahora bien, pese a tratarse de un cambio abrupto, este no se efectuó en el vacío, sino que debió inscribirse en un medio social densamente atravesado por luchas políticas y tradiciones disputadas. Por lo tanto, vale preguntarse sobre la fricción ocasionada por el cruce entre el cambio de orientación endógeno del PC y su implementación concreta frente al resto del entramado que constituía el movimiento estudiantil y universitario.

Si la Reforma Universitaria, desde sus inicios, había tendido un lazo entre liberalismo, democracia y socialismo, expresado en la interpretación democrática que hicieron varios de sus referentes respecto a la Revolución rusa de 1917 (Tcach 2012), sostendremos que la orientación frentista apeló a estas concepciones para articular su propia reafiliación a este movimiento. La idea adoptada por sectores del reformismo respecto a que la oposición al gobierno de la Concordancia se asimilaba a la lucha “antifascista”, y esta a la defensa de la democracia constitucional, permitió al PC apoyarse en la misma y presentar el desplazamiento que lo volvió a unir a la Reforma como una consecuencia de la época que atravesaba a todo el movimiento más que como un cambio doctrinario propio.

En este sentido, Ernesto Giudici, recientemente incorporado a las filas del PC, argumentaba que la fuerza del movimiento reformista residía en su capacidad de adaptarse a las circunstancias históricas que le tocaba atravesar, adecuando sus principios generales a las necesidades planteadas en cada coyuntura:

 

Surge la Reforma como una necesidad social y cultural que agrupa a los sectores reformistas contra la reacción. Pero la Reforma no es un conjunto de reclamos fríamente planeados y exigidos por doquier, sino un movimiento cuyas exigencias varían según las circunstancias sobre la base de un contenido superador permanente. Su ubicación social e histórica está dada por el carácter revolucionario que late en el movimiento reformista. La autonomía universitaria, las reformas legales y estatutarias, la participación estudiantil, etc., son medios encaminados a esa finalidad.[21]

 

Esta definición no solo evitaba a los comunistas tener que revisar sus propios pasos, sino que también contenía la idea de que existía un legado en disputa. La misma no era solo con los grupos nacionalistas integristas católicos que comenzaban a expandirse dentro de los claustros universitarios, sino en el propio campo democrático, en tanto este debía lograr una adecuada interpretación de ese rol progresivo, que para el PC se identificó con el apoyo del estudiantado a la conformación de un Frente Popular. Debía quedar clara la incapacidad del propio movimiento de ser un factor de transformación social en la medida en que no fuese parte de un movimiento más amplio que se articulase con la política frentista, y por ende con el PC.

Hacia 1935 los referentes del comunismo apostaban a congeniar su crítica al carácter “pequeño burgués” del movimiento universitario con su pretensión de que este se sumase al conglomerado policlasista del Frente Popular. Así lo expresó Paulino González Alberdi al sostener que la reforma había sido un movimiento esencialmente pequeño burgués, cuyo papel histórico como movimiento en sí estaba cumplido, y cuyo mérito en ese entonces era su unidad “sin pretensiones” de cumplir un rol dirigente dentro del “movimiento democrático contra la reacción”. Para el dirigente del PC, de lo que se trataba era de abandonar el idealismo, la teoría generacional[22] y las ilusiones sobre un rol dirigente de la clase media, para centrarse en la toma de posición política ante los hechos nacionales e internacionales como veredicto de la actualidad de la Reforma.[23] Del mismo modo, Ernesto Giudici señalaba el error de haberle querido dar una “ideología pequeño burguesa a un movimiento de base pequeño burguesa”, indicando la necesidad de abandonar aquel idealismo inicial y de acoplarse al movimiento que en 1936 se identificaba con una mayor “comprensión política”, vinculada a su acercamiento a las “luchas democráticas”.[24]

Es decir, si en el periodo de Clase Contra Clase el movimiento estudiantil debía subordinarse a la “vanguardia obrera” encabezada por el PC, en esta etapa debía hacerlo frente al movimiento democrático que los comunistas visualizaban encabezado por el radicalismo, como fuerza con capacidad electoral para imponer un cambio de régimen. La crítica a la “orientación pequeño burguesa” no era contrarrestada por una retórica obrerista, sino frentista: lo que se cuestionaba no era ya el carácter policlasista del movimiento, sino la mecánica del mismo, en la cual el frentismo debía ser el eje ordenador.

Esta lectura suponía que la acción del movimiento reformista, y la interpretación sobre la vigencia de la Reforma Universitaria, debían medirse en función de los hechos que demostrasen su adhesión a aquella causa, como un signo de “madurez”. La unidad del movimiento estudiantil alrededor de la FUA había significado un primer paso, pero ahora este debía servir directamente a la orientación unionista. Así, May Zubiría, uno de los dirigentes estudiantiles del PC, sostenía que la mejor expresión de que el estudiantado no debía vivir aislado de la realidad y del medio social en el que se desenvolvía, lo había dado la FUA, participando del acto realizado el 1º de Mayo de 1936 “con el frente popular de partidos democráticos y de organismos obreros”.[25] Desde su visión, esta participación expresaba que “el reformismo deportivo y hueco va dejando lugar al reformismo serio y consciente”, identificando la lucha estudiantil con la lucha contra la reacción, lo cual parecía tener un asidero ante la represión desatada en ese mismo acto por la policía contra los estudiantes.[26] También Héctor Agosti, desde la cárcel (Prado Acosta, 2020), reafirmaba esta visión, planteando que “La Reforma ha superado la miopía doctrinaria de su nacimiento. Ha afinado su puntería histórica”.[27] No debe perderse de vista que este llamado unitario asignaba un papel central al radicalismo liderado por Alvear, con la consiguiente paradoja de que quien fuera el presidente bajo el periodo de la llamada “contrarreforma” en las universidades, ahora debía ser el “líder democrático” que unificase la acción política del movimiento reformista.

Esta identificación, a su vez, debía extenderse a los fenómenos frentistas a nivel internacional. Aníbal Ponce sostenía, por ejemplo, que “si ayer la Reforma tenía como telón de fondo la democracia evangelista de Wilson, tiene hoy —debe tenerlo— las acciones conjuntas del frente antifascista” refiriéndose al caso francés.[28] Así como la Reforma Universitaria había iluminado a toda una generación en América Latina, ahora el movimiento reformista debía dejarse influir por la corriente democrática venida de Europa. Este concepto resultó clave, por ejemplo, para tender vínculos entre los militantes reformistas y el PC bajo la órbita de las organizaciones de ayuda a la causa republicana en España (Federación Juvenil Comunista 1961).

De este modo, el PC volvía a incluirse en el movimiento reformista mientras el mismo adhiriese específicamente al “antifascismo” y a la lucha “democrática”. Ahora bien ¿de qué manera este cambio discursivo se reflejó en la práctica concreta del PC en el movimiento estudiantil? En lo que resta de este apartado nos detendremos en este problema.

Como señalamos, una de las primeras medidas concretas por parte del PC fue la disolución de Insurrexit. Según el dirigente de la FJC César Gondar esta medida debía “facilitar el agrupamiento en torno de la FUA. En todas partes, nuestras actividades se orientan hacia ese fin: buscar los medios de unificar a las masas laboriosas juveniles”.[29] Por su parte, el periódico Frente, órgano de la FJC publicado ilegalmente bajo el subtítulo de “la auténtica voz de la Juventud”, añadía que el objetivo de la medida era volcar la fuerza conquistada durante la etapa anterior en “los organismos gremiales y vigorizar de tal manera la acción de las federaciones y centros”.[30] El PC parecía renunciar a la construcción de una fracción propia entre los estudiantes para diluirse dentro del movimiento, siguiendo la lógica del congreso de la FJC en 1935, que había estipulado la posibilidad de integración de la misma en un organismo “más amplio, que no será comunista” (Federación Juvenil Comunista 1935a). Sin embargo, su acción en estos espacios apuntaba a dotarlos de una orientación específica.

En lo que respecta a la FUA esta orientación se tradujo en el fomento de actividades junto a los “partidos democráticos”, tales como el acto del 1° de Mayo de 1936[31] o el homenaje a Roque Sáenz Peña ese mismo año, tanto en Buenos Aires como en La Plata (Federación Juvenil Comunista 1961; Silveyra 1937). Entre ellas se destacó la realización de un mitin de la FUA en la Plaza Once, en octubre de 1935, en el marco de una serie de huelgas estudiantiles ante la intervención de Santa Fe[32]. Según informantes policiales, habían asistido unas 1200 personas (“abundando caras conocidas de todas las organizaciones comunistas” (Sánchez Sorondo 1936)), entre las cuales se destacó la presencia de Julio Noble o Arturo Frondizi. Aquel acto fue concebido por el PC como un “punto de arranque para la acción común en el terreno de la práctica diaria”.[33] La política explícita de fomentar desde la FUA la realización del Frente Popular se desprendía tanto de los voceros del PC[34] como de los organismos gubernamentales que informaban sobre la actividad “netamente política” de esta organización, “ajena a las preocupaciones universitarias y patrióticas” y cuya finalidad era “su adhesión al titulado Frente Popular”.[35] Este vuelco de la fuerza militante del PC hacia la FUA se podía explicar, en parte, por el hecho de que esta resultaba una plataforma menos atravesada por los prejuicios por parte del radicalismo y el socialismo para este tipo de actividades y porque contaba con un plafón legal más amplio para realizar esta clase de manifestaciones.

Pero vale señalar que, al igual que en otros ámbitos, el PC estableció una escisión entre la actividad superestructural que debía realizar la FUA (tendiente a establecer pronunciamientos políticos, marchas, actos) y su actividad orgánica entre el estudiantado. Al tratarse de una federación estudiantil, la actividad política debía combinarse con una interpelación cotidiana a los estudiantes, atendiendo a sus preocupaciones gremiales. Esta idea, traducida en la consigna de pelear “por las demandas mínimas del movimiento estudiantil” aparecía reflejada en las resoluciones del Comité Ejecutivo de la FJC en junio de 1938, cuando menciona que:

 

Entre los estudiantes universitarios los comunistas deben trabajar por la consolidación de la Federación Universitaria Argentina, organizando las luchas por las reivindicaciones específicas de los estudiantes, contra la reacción y la penetración fascista en la universidad y por las reivindicaciones del movimiento de la Reforma Universitaria (…) Una tal política unitaria exige la unidad de los partidos reformistas universitarios.[36]

 

Esta política se basaba en la idea de que la apatía y la indiferencia del estudiantado, el “apoliticismo”, era una puerta de entrada para las fuerzas nacionalistas. Con lo cual, si los estudiantes no estaban dispuestos a organizarse por el Frente Popular, al menos se debía neutralizar su acción evitando que sus demandas fueran canalizadas por aquellas fuerzas reaccionarias. De ahí que toda actividad que fuese en el sentido de obtener conquistas contra las “camarillas universitarias”, identificadas con la reacción y el fascismo dentro de las facultades, desde la extensión de mesas de examen al desplazamiento de profesores rechazados por los estudiantes, o la oferta de servicios para el bienestar estudiantil, eran consideradas como parte de la lucha democrática.[37] Un ejemplo de esta actividad fue el impulso, bajo la gestión de Fernando Nadra en la Federación Universitaria de Córdoba, de la Casa del Estudiante y el Comedor Universitario, que se proponía brindar ayuda a la vivienda y alimentación del estudiantado para “realizar el anhelo reformista”, contando con el auspicio del gobierno provincial y destinando importantes recursos financieros al mismo.[38]

Esto suponía una inclinación hacia la actividad electoral en las universidades, descrita por Sánchez Viamonte como un vicio de aquella generación, cuando señalaba en sus memorias que “en la mayor parte de las altas casas de estudio se consideraba logrado el propósito integral de la Reforma por el solo hecho de la participación estudiantil en la elección de autoridades” (Sánchez Viamonte 1971). El PC, apoyado en esta práctica, colocaba un signo de equivalencia entre las luchas propiamente estudiantiles y los pronunciamientos políticos de la FUA, no porque estos estuviesen unidos realmente en un mismo movimiento, sino porque la lógica de una lucha entre campos democráticos y fascistas habilitaba una interpretación en la que cualquier movimiento progresivo era parte de la misma pelea, incluyendo allí la obtención de cargos directivos en los organismos estudiantiles.

 

 

IV. Hacia la unidad: una lectura frentepopulista sobre las tareas de la Reforma

 

Empero, el PC no se limitó a actuar desde los centros y federaciones. Aquella unidad tenía interlocutores concretos: la juventud socialista y radical que hacia mediados de los años 30 habían recompuesto su capacidad de acción en el movimiento estudiantil. Esta perspectiva se reflejó en la propuesta del PC, inspirada en las resoluciones del 6to Congreso de la Internacional Juvenil Comunista[39], de unificar las juventudes comunista, socialista, demócrata progresista y radical en una sola organización (Gilbert 2011, 135), la UJDA (Unión de la Juventud Democrática Argentina). La idea contó con el visto bueno de algunos líderes reformistas vinculados al PS, como veremos a continuación, así como de sectores de la juventud socialista ligados al Partido Socialista Obrero (PSO)[40] y grupos críticos del alvearismo en la juventud radical, pero fue rechazada por las conducciones mayoritarias de estas organizaciones. Según Acción Libertaria, periódico ácrata opositor a esta política (Bordagaray 2012), ante los enfrentamientos entre la juventud socialista y la conducción de Nicolás Repetto respecto a aquella propuesta, sólo habrían continuado con aquella iniciativa “algunos jóvenes comunistas, desfigurados por su afán de simular democratización, algunos estudiantes y algunos elementos en estado ideológico confuso”.[41] Si bien sectores de la juventud socialista, luego vinculados al PSO, apoyaron la política frentista, la acción universitaria del PS estuvo más ligada, como el conjunto de su práctica, a la acción parlamentaria y a la perspectiva de una universidad que acompañase el “desarrollo nacional”, reflejada en los proyectos legislativos de Alfredo Palacios y Alejandro Korn o en empresas culturales como la Universidad Popular Alejandro Korn (Graciano 1999). Los espacios institucionales conquistados por dirigentes socialistas en las universidades nacionales le permitían un margen de acción mucho mayor al del PC. Además, dirigentes como Alfredo Palacios, luego presidente de la Universidad Nacional de La Plata, sostenían una retórica democrática y unionista que excluía explícitamente al PC por considerarlo dentro de las ideas totalitaristas que invadían Europa.[42]

Pese a las dificultades prácticas, esta orientación se transformó en un jalón desde el cual el PC tendió puentes con aquellos sectores favorables a una confluencia de este tipo lo cual, a su vez, resultó una atractiva puerta de entrada para incidir en las disputas internas del radicalismo y el socialismo. Apelando a la Reforma Universitaria, los comunistas sostenían que la continuidad histórica entre la vieja y la nueva generación reformista estaba dada por la “unidad de las juventudes democráticas”. Sergio Bagú, desde la AIAPE, confirmaba esta percepción argumentando que la trayectoria del movimiento reformista en 1936 estaba íntimamente vinculada a la suerte del movimiento de unificación juvenil “ya iniciado en todo el país”.[43] Ahora bien, ¿Quiénes fueron los actores que confluyeron con esta perspectiva y en qué términos?

Si bien es difícil establecer una respuesta que abarque el conjunto del amplio espectro reformista, es posible afirmar que el viraje del PC sintonizó con la percepción de parte de algunos socialistas, antiguos referentes de la tradición reformista, respecto a que el modo de revitalizar su movimiento pasaba por conquistar cierta unidad de acción en clave frentepopulista entre las distintas corrientes “democráticas” que actuaban en la universidad. La asimilación entre el avance de grupos nacionalistas en la misma y el fascismo a nivel internacional, coadyuvaron a una lectura en la que la “cuestión social” vinculada a la Reforma Universitaria debía expresarse en un “movimiento democrático” que, al menos, defendiese las posiciones conquistadas en las décadas anteriores.

Así, Deodoro Roca argumentaba en 1936 que el movimiento reformista ya había abandonado sus dejos de romanticismo e idealismo pequeño burgués de los orígenes, dando paso a un movimiento “social, caudaloso y profundo”, que comprendía que no era posible una reforma educacional sin una reforma social profunda. De ahí la resignificación, en clave frentista, respecto a que el universitario “puro” era “una cosa monstruosa”.[44] Esto se justificaba porque ya a mediados de la década del 30 los actores de la Reforma se habían transformado: “el clerical ‘defensor’ de la universidad del 18, es ahora fascista”, con lo cual el mero anticlericalismo era insuficiente.

En un sentido similar, Dardo Cúneo, en ese entonces simpatizante del ala izquierda del PS y posteriormente dirigente de las Juventudes Socialistas, sostenía que “el profesor reaccionario y clerical de ayer nomas es ahora –después del 30- el profesor fascista”[45], dando nuevos contornos al enemigo del movimiento reformista y vinculándolo directamente con la lucha antifascista. Años más tarde, Julio V. González, relatando el desarrollo del pensamiento reformista en aquellos años, reconstruía el cambio de percepción que había operado en estos referentes y en él mismo: “La dictadura ha tomado nuevas formas en América y en el mundo. Es necesario, por lo tanto, actualizar la Reforma Universitaria; definir y clarificar bien los conceptos; saber perfectamente qué es un reformista de hoy; y después que lo hayamos conseguido, tomar posición frente al estado actual del mundo”. Por su parte, Gregorio Bermann planteaba que hacia mediados de la década del 30 “las fuerzas de vanguardia, conforme a experiencias más agudas y actuales en el viejo mundo, lanzaron entonces la voz del orden: unir, unir a sectores cada vez más extensos, si quería ofrecerse una lucha con probabilidades de éxito a los poderes osados de la reacción” (Bermann 1946). Es decir, existía una visión común respecto a las tendencias que operaban en el movimiento reformista, tendientes a identificarse con un antifascismo de carácter policlasista en el cual podían confluir los “partidos democráticos” bajo una retórica unitaria en clave liberal y antiautoritaria.

Estas concepciones que vinculaban la “madurez” del movimiento reformista con la toma de posición en la disputa fascismo/antifascismo, al igual que en el PC, fueron acompañadas por demostraciones explícitas en favor de la “unidad de las fuerzas democráticas”. Por ejemplo, Dardo Cúneo expresaba que hacia 1936, los intentos de unificar a las juventudes democráticas en una sola organización habían suscitado asambleas con “la participación de socialistas y comunistas, radicales y evangelistas, obreros y universitarios, muchachos de la izquierda y del centro”, y agregaba que “condiciona a la unidad juvenil la misma fuerza de la realidad presente que condiciona el ‘frente popular’”.[46]

Pese a estos límites, dados por los obstáculos más generales para la conformación de un Frente Popular (Piro Mittelman 2021), el PC persistió en su política de acercamiento al radicalismo y al socialismo a través de la relación con los líderes reformistas y el apoyo electoral de la juventud a sus candidatos.[47] Una expresión de esto fue el acto realizado en Córdoba el 15 de junio de 1938, en el que se celebró el vigésimo aniversario de la Reforma Universitaria (Vera de Flachs y Sillau Pérez 2009). En el mismo se hicieron presentes delegaciones estudiantiles de Buenos Aires, La Plata, Rosario, Santa Fe, Tucumán y Córdoba. A su vez, tomaron la palabra varios de los principales dirigentes reformistas, tales como Gregorio Bermann, Enrique Barros, Deodoro Roca, Aguiar Vásquez, Gabriel del Mazo, Saúl Alejandro Taborda, Santiago del Castillo y Juan Lazarte, entre otros. Un dato relevante, que da cuenta de la inserción del PC en aquel movimiento, fue el hecho de que Héctor Agosti, recién salido de prisión, fue uno de los principales oradores del acto pese a que no representaba a la antigua generación reformista, siendo recibido con una ovación por los estudiantes presentes.[48] En su discurso, este sostuvo la necesidad de atravesar los márgenes de la Universidad para llevar la lucha reformista al terreno de la lucha democrática, explicitando el objetivo frentista:

 

(…) pretendemos también la unidad de todas las fuerzas progresistas de la Nación, porque los que bregamos por el respeto de la ley y por la pureza de nuestras normas institucionales, constituimos la inmensa mayoría del pueblo argentino, frente a la insignificante y minúscula minoría de oligarcas envilecidos. (Agosti 1956, 98)

 

La percepción de que aquella reunión vinculaba las propuestas unionistas del PC con el reformismo y con el gobierno radical de Amadeo Sabattini, quedó plasmada en una declaración de la Corporación Argentina de Estudiantes Universitarios[49], vinculada al nacionalismo, la cual sostenía que en aquel acto sólo se habían pronunciado “discursos políticos”, sin hacer ninguna referencia a los problemas universitarios, y que los mismos estaban fuertemente marcados por una ideología “demagógica-liberal-marxista”. A su vez, denunciaron que el gobierno había facilitado el acceso al teatro municipal y a la banda sinfónica provincial como expresión de las relaciones entre el radicalismo gobernante, el reformismo y el PC.

Desde la izquierda trotskista también se impugnó esta convergencia, pero señalándola como expresión del giro reformista del PC, que encontraba en los referentes de la generación del 18 un plafón para su política. En la lectura de Liborio Justo, el estalinismo local se apoyaba sobre un movimiento reformista empecinado en revitalizarse, recurriendo para ello a la legitimidad dada por la Reforma del 18, buscando cualquier vía que le diese un nuevo impulso:

 

Algunos de sus líderes, que en nada han evolucionado y para los que 20 años han transcurrido en vano, aún hablan de la Reforma como si ella todavía fuera una fuerza activa. También lo hace hoy el stalinismo, que, habiendo renunciado a la revolución social para arrastrarse junto al reformismo, acaba de declarar que “el aniversario de la Reforma tiene la virtud de atestiguar su actualidad y su validez”.[50]

 

Esta idea de “revitalizar la reforma” como vehículo para la acción política frentista se observó asimismo en la Universidad de La Plata, también con motivo del vigésimo aniversario del levantamiento cordobés de 1918 (Celentano 2019). En 1938, el Centro de Estudiantes de Medicina de la Universidad de la Plata, influído por socialistas y apristas, incluyó en sus ciclos de conferencias a intelectuales vinculados al PC tales como Héctor Agosti, Gregorio Bermann y el psiquiatra Jorge Thenon. Allí también coexistieron sectores vinculados al aprismo y al radicalismo de FORJA, identificados con Gabriel Del Mazo, con socialistas de izquierda y comunistas. Las menciones a Haya de La Torre y las críticas al sectarismo de Insurrexit no impidieron que desde los universitarios platenses se homenajease a Aníbal Ponce, o se denunciase al gobernador Manuel Fresco.[51] Este hecho también da cuenta de que el PC estuvo dispuesto a actuar pragmáticamente junto a sectores vinculados al aprismo allí donde este podía ser un vehículo hacia una tribuna política más amplia.

Recapitulando lo dicho hasta aquí se puede señalar que, hacia mediados de la década del 30, el PC modificó su discurso y su práctica hacia el movimiento estudiantil universitario impulsado por su viraje frentista. En el plano retórico supuso su reinscripción en la tradición reformista, reconstruyendo los hilos de continuidad respecto a los acontecimientos del 18, que habían sido disueltos durante la segunda etapa de Insurrexit. Las modificaciones propias dentro de la corriente reformista permitieron al PC incorporarse en la disputa por una relectura de aquella tradición en clave democrática, liberal y frentista. Si en 1918 la unidad entre la Reforma y la revolución social estaba signada por la unidad obrero-estudiantil y el apoyo a sus luchas, la lectura frentista proponía una acción policlasista en la que rol del movimiento estudiantil se debía circunscribir a la actividad conjunta de los “partidos democráticos”. Si bien sectores mayoritarios del radicalismo y el socialismo fueron esquivos a una perspectiva unionista, referentes provenientes de la tradición reformista, asediados por las contrarreformas del alvearismo, la caída de Yrigoyen y el golpe de Estado de 1930, vieron en la revitalización de aquel espacio una oportunidad de emerger dentro de sus propias organizaciones partidarias. Fue este interés común por apoyarse en esa tradición para desplegar la acción política, la que permitió un acercamiento entre el PC y sectores de aquellas corrientes.

Pese a las limitaciones señaladas, estos contactos se estrecharían hacia comienzos de la Segunda Guerra Mundial y particularmente con los inicios del peronismo, cuando la situación política nacional e internacional produjo nuevas transformaciones en la actividad del movimiento estudiantil y en la vida política de las universidades.

 

 

V. Palabras finales

 

Si bien fue señalado que luego de 1943 las modulaciones de la política nacional tallaron con fuerza en toda la vida universitaria, hemos visto que la politización de las casas de estudio durante los años 30 tendió a vincular los debates que allí se desarrollaron con las preocupaciones del estudiantado respecto al drama general que atravesaba al país y al mundo. Sobre aquel contexto, signado por el reordenamiento del campo político en torno al fascismo, el antifascismo, la guerra y las trasformaciones socioeconómicas que de ellas se derivaron, los comunistas buscaron insertarse y marcar su impronta en el movimiento universitario.

En los inicios de aquella década, en confluencia con los lineamientos de la política de Clase Contra Clase, el PC interpretó que los sectores medios, y entre ellos el movimiento estudiantil, estaban condenados a cumplir un rol reaccionario, excepto que se subordinasen férreamente a una política obrerista dirigida por los comunistas. Este periodo se asoció a la refundación de Insurrexit, una organización que pese a estar signada por aquella política sectaria, le permitió al PC incidir en algunos centros de estudiantes y federaciones, desde donde se vinculó conflictivamente con el resto de las organizaciones políticas. Entre ellas, el radicalismo y el socialismo se encontraban atravesados por un proceso de partidización y politización de algunos cuadros universitarios provenientes de la tradición reformista que, ante las condiciones impuestas por la dictadura de Uriburu, apostaron a una actividad que vincularon a la “defensa de la democracia” y la “lucha antifascista”.

La reconfiguración del movimiento reformista sobre estas bases confluyó en 1935 con el giro frentista del PC, que vio allí una plataforma desde la cual reinscribirse en aquella tradición. La asociación entre el crecimiento del nacionalismo católico en las universidades y el avance del fascismo a nivel internacional, dio paso a un discurso que identificó a la reforma con la “defensa de la democracia” y puntualmente con la conformación de un Frente Popular. Los comunistas bregaron porque la FUA y los centros de estudiantes colaborasen con esta unidad, participando de actos políticos, tendiendo lazos entre referentes de aquellas fuerzas y siendo una tribuna desde donde amplificar aquella orientación.

Las sucesivas modulaciones de la política comunista, a su vez, influyeron en las lecturas de la Reforma por parte del PC, llevando a un constante vaivén e inestabilidad sobre su interpretación. Este eclecticismo, a su vez, coexistió con una escisión entre el discurso político del PC y una práctica que tendía a no despegarse de los intereses gremiales del estudiantado como supuesta garantía de su unidad, lo cual permite explicar su constante incidencia en este medio.

Aunque escapa a la periodización propuesta aquí vale señalar, como indicio para futuras investigaciones que, tras el golpe de Estado de 1943, los estudiantes universitarios comenzaron a constituirse como articuladores del espacio opositor, transformando la apelación antifascista previa en una retórica antiperonista. Esta se fue mimetizando vertiginosamente con el conglomerado opositor impulsado por las cámaras empresariales y la embajada norteamericana. En tal oposición, el PC creyó ver la confirmación de sus postulados respecto al rol del movimiento reformista y sus aspiraciones frentistas sostenidas durante toda la década previa. En este sentido, lo expuesto en este trabajo puede arrojar nuevas perspectivas sobre las raíces de aquellos vínculos, las redes y campos de intervención común que vincularon a reformistas y comunistas y que fueron configurando un horizonte de sentido que no puede descifrarse únicamente desde aquel otro gran nudo político y social de la historia argentina que comenzó en 1943. Una lectura como la expuesta en estas líneas, centrada en los significados específicos que adoptaron los debates, disputas políticas y apelaciones en el mundo universitario durante la década del 30, permite releer aquellas posturas y ubicaciones desde otros prismas interpretativos, atentos a la dinámica global y a la interacción entre medios sociales y culturas políticas.

 

 

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* Doctor de la Universidad de Buenos Aires en Historia (Argentina). Profesor de Historia de nivel medio y universitario en diversas casas de estudio.

[1] Un ejemplo significativo de esta ubicación lo representa el libro del reformista Carlos Sánchez Viamonte titulado El último Caudillo, escrito en 1930, en el cual se describe al gobierno radical de Yrigoyen como “una página mal escrita que debemos leer hasta el final”, y cuyo prólogo y epilogo fueron escritos por Aníbal Ponce y Deodoro Roca respectivamente (Sánchez Viamonte 1956).

[2] Flecha, 15/6/1936.

[3] Flecha, 15/6/1936.

[4] La Voz del Interior, 8/10/1931.

[5] Flecha, 15/6/1936.

[6] Antes de su militancia en el PC, Aníbal Ponce sostenía en 1927 que: “La reforma dentro de la universidad no puede ser más que un aspecto de esa otra transformación que está echando abajo las columnas de la sociedad en que vivimos. Toda otra interpretación le haría malograr, una vez más, el generoso impulso que la alienta” (González 1927).

[7] Internacional Juvenil, febrero de 1931; Internacional Juvenil, agosto de 1931; Internacional Juvenil, marzo de 1932.

[8] González Alberdi, Paulino, “Interpretación marxista de la reforma universitaria. La pretendida dirección del movimiento revolucionario de América por los hombres de la ‘nueva generación’ universitaria” [resumen de una conferencia pronunciada en junio de 1928] (cit. en de Portantiero 1978).

[9] “Manifiesto de La Plata 1933” (cit en. Ciria y Sanguinetti 1968).

[10] Dentro de las federaciones estudiantiles representadas, la FUBA, fundada en 1908, era la organización más grande del país, en tanto la Universidad de Buenos Aires era la más numerosa, contando hacia 1930 con unos 10.000 estudiantes.

[11] Claridad, diciembre de 1938.

[12] “Segundo Congreso Nacional de Estudiantes Universitarios (Buenos Aires, agosto 13-18 de 1932), Resoluciones del Congreso” (cit. en Del Mazo 1967).

[13] Vale señalar que al igual que en mayoría de las organizaciones estudiantiles durante esta etapa, los dirigentes estudiantiles del PC fueron varones y que las demandas específicas de las mujeres estudiantes prácticamente no aparecen en sus publicaciones.

[14] “Segundo Congreso Nacional de Estudiantes Universitarios...”, op. cit.

[15] Claridad, junio de 1938.

[16] “Nota del gobernador fresco al gobierno nacional”, La Plata, septiembre 26 de 1936, en El gobierno del Dr. Fresco y la Universidad de La Plata, La Plata, Impresiones Oficiales, 1937.

[17] Declaración de la FUA, Buenos Aires, 30 de junio de 1941.

[18] Crítica, 9/8/1933.

[19] Tesis y Resoluciones del Primer Plenum Nacional de la FJC, Sección Argentina de la IJC, febrero de 1932.

[20] Unidad, febrero de 1936.

[21] “Proyección y enseñanza del proceso de la facultad de medicina” (Del Mazo 1941a).

[22] Gran parte de la literatura vinculada a la reforma en sus años iniciales hizo referencia a que sus protagonistas pertenecían a una “nueva generación” social, política y cultural que venía a renovar elementos anquilosados del pasado. Referentes como Deodoro Roca, y particularmente Julio V. González, refirieron o retomaron la “teoría de las generaciones” de José Ortega y Gasset para interpretar al movimiento estudiantil y la renovación político-cultural del país, señalando la formación de una nueva sensibilidad en la juventud latinoamericana.

[23] Flecha, 15/6/1936.

[24] Flecha, 1/7/1936.

[25] Flecha, 15/6/1936.

[26] Crítica, 2/5/1936.

[27] Flecha, 15/6/1936.

[28] “Condiciones para la universidad libre”, discurso de Aníbal Ponce en el acto organizado por la Federación Universitaria de Córdoba, 1935 (Del Mazo 1941a).

[29] Frente, 5/10/1935.

[30] Frente, 17/8/1935.

[31] Crítica, 2/5/1936; La Vanguardia, 3/5/1936.

[32] Crítica, 5/10/1935.

[33] Frente, 5/10/1935.

[34] Frente, 5/10/1935.

[35] “Nota del gobernador Fresco al Gobierno Nacional”, 26 de septiembre de 1936, en El gobierno del Dr. Fresco y la Universidad de La Plata, La Plata, Impresiones Oficiales, 1937.

[36] Nuestra Revista, Nro. 6, año 2, agosto de 1938. El resaltado es nuestro.

[37] Orientación, 21/7/1938; Avanzada, 8/3/41.

[38] Federación Universitaria de Córdoba, Informe de la Comisión Especial Junta Administradora, 1942; Joven Guardia, 1/5/1938.

[39] “The tasks of the united front of the youth”. 6th World Congress Young Communist International, 1935.

[40] Avance, 15/7/1937; Unidad!, 18/3/1937.

[41] Acción Libertaria, abril de 1936.

[42] La Vanguardia, 20/12/1942.

[43]Unidad, Nro. 2. Año 1, febrero de 1936.

[44] Flecha, 15/6/1936.

[45] Ídem.

[46] Flecha, 1/6/1936.

[47] Orientación, 18/3/38.   

[48] Claridad, junio de 1938.

[49] Los principios, 20/6/1938.

[50] Claridad, junio de 1938.

[51] Ídem.